Mercosur no viene de fuera, entra por tu carrito de la compra
Estos días, la imagen de la A-52 ha provocado sentimientos encontrados. Hubo frío, hubo lluvia y mucha tensión acumulada en el kilómetro 188. Pero, por encima de todo, quedó una realidad aplastante que no debemos olvidar ahora que los tractores se han retirado y la autovía recupera su ritmo: lo que ha ocurrido ahí fuera no ha sido un conflicto sectorial de unos pocos. Es una cuestión de pura supervivencia para toda A Limia.
Es tentador quedarse en la superficie, en la molestia del tráfico o el ruido de los motores. Pero lo necesario es entender qué ha empujado a nuestros vecinos a dormir al raso bajo un temporal. Y la respuesta apunta directamente a Europa y a decisiones de despacho que nos condenan. Tratados como el de Mercosur abren las puertas de par en par a una competencia desleal feroz: productos que llegan con mano de obra barata y normativas sanitarias que aquí están prohibidas. Nos exigen competir con las manos atadas a la espalda. Eso no es libre mercado, es una sentencia de muerte para nuestro sector primario.
Y aquí es donde el vecino de Xinzo, el que no tiene fincas ni ganado, debe hacer examen de conciencia. Porque la defensa del campo no se hace solo en la autovía, se hace también, y sobre todo, en el pasillo del supermercado.
De nada sirve solidarizarse con nuestros ganaderos si luego, a la hora de llenar la cesta de la compra, nuestros ojos se van únicamente al precio final, ignorando el origen del producto. Tenemos que empezar a mirar la etiqueta de procedencia antes que el céntimo de ahorro. Comprar patatas de Egipto, carne de Sudamérica o naranjas de Sudáfrica porque son ligeramente más baratas es, sencillamente, tirar piedras contra nuestro propio tejado. Ese ahorro mal entendido es el que vacía nuestros pueblos.
El dinero del campo no se evapora; circula y da vida a cada negocio de Xinzo. El agricultor es el cliente de la tienda de ropa, del bar, de la gestoría y del gimnasio. Si permitimos que se arruinen comprando lo de fuera, el efecto dominó nos arrastrará a todos: la tienda vende menos, la persiana se baja y los servicios mueren.
Somos un ecosistema único. No existen "ellos" y "nosotros". Si el motor económico de A Limia se gripa, el coche entero se detiene. Lo que se ha defendido bajo la lluvia estos días es el derecho a vivir y trabajar aquí, consumiendo calidad y rechazando sucedáneos que vienen de la otra punta del mundo sin control sanitario.
Por eso, aunque los tractores ya no estén en la carretera, su lucha sigue presente. La próxima vez que vayas a comprar, recuerda: tu elección en la estantería es la herramienta más poderosa para que A Limia no se apague.