La autovía A-52 ya no es solo asfalto. Este domingo, en el segundo día de protesta, se ha convertido en un campamento de resistencia. Agricultores y ganaderos han decidido quedarse. Y quedarse significa vivir allí.
Entre tractores atravesados y pancartas contra el tratado Mercosur, han levantado carpas, cocinas improvisadas y mesas compartidas. Se turnan para traer víveres -empanadas, pizzas, chorizos, pan, batidos, bebida...-, como se hace en las luchas largas, de las que no se resuelven en una mañana. Incluso hoy, entre el humo y el frío, se vio a una cocinera removiendo una gran pota, símbolo de que aquí no hay postureo: hay permanencia.
“Pode que nos boten, pero os tractores non se moven”. Lo dicen con calma, con esa firmeza de quien ya ha tomado la decisión. Pase lo que pase, aseguran, el corte continuará. La autovía seguirá bloqueada como grito colectivo contra un tratado que —afirman— amenaza su forma de vida, sus precios, su futuro.
Varios alcaldes de la comarca, como el de Xinzo y también productor, Amador Díaz; Susana Vázquez Dorado, de Porqueira, o el nacionalista Marcos Nogueiras, de Vilar de Santos, se acercaron a manifestar su apoyo a los concentrados. Aunque éstos son muy conscientes de que muchos de los que representan diferentes siglas, salvo las del BNG, defienden al sector sobre la tierra -y el asfalto- pero sus compañeros en Europa aprueban propuestas y directrices -la disciplina de partido, ya se sabe-, que atacan de manera directa los intereses de los que ahora han tomado la autovía.
Empieza la semana y la consecuencia será visible: el tráfico por el entorno de Xinzo puede volverse caótico -los semáforos están ya en ámbar de manera indefinida-, porque por la A-52 ya no se circula. Se prevé que con la llegada del lunes y el incremento del tráfico comiencen a darse los primeros incidentes y, con las obras en plena travesía, quizás los primeros siniestros. Pero lo que de verdad está en juego no es la comodidad de un desvío, sino el modelo de campo que queremos.
Esta no es solo una protesta del rural. Es una llamada directa a la ciudadanía. A mirar más allá del volante, a entender que cuando el campo para, algo muy profundo se está rompiendo.
La pregunta ya no es cuánto durará el corte.
La pregunta es: ¿Cuánto más puede aguantar el campo sin que se le escuche?
